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Sexteto de crónicas*
(Tercera entrega)
Lo que el virus se llevó.
Itzel Michelle López Suárez.
En el 2020, —año nuevo aún reciente—, un virus se volvía tema de conversación. En las escuelas y espacios públicos todos empezaban a tomar medidas preventivas: lo que parecía absurdo pues este famoso virus estaba del otro lado del mundo, aún. Tres semanas después, casi febrero, la situación era fortuita. No quedaba más que ponerse a merced de las indicaciones del sector de salud.
Jardín virtual.
Primero fueron clases “híbridas”, una mezcla desorganizada de lo virtual y lo presencial. Los niños estaban felices, despertándose más tarde, almorzando y a la par tomando las clases, poniéndose filtros a cada oportunidad; mientras las docentes usaban los recursos al alcance para evitar rezagos en sus planeaciones del ciclo escolar: juegos, canciones, videos, películas y series fueron los recursos que podíamos permitirnos.
Todavía recuerdo el doble escritorio en la casa, a media mañana, malabareando el trabajo, la casa y la escuela. Ahora mismo, no sé cómo sostuvimos ese ritmo de vida sin antes haber tenido por lo menos un simulacro.
Poco a poco, dejamos el uniforme que dejó de quedarles, la mochila se empolvó junto a la lonchera y casi casi, se volvieron ornamentos de la sala.
—Por favor, envíen las evidencias el día de mañana, a primera hora para poder evaluar a los niños. —pedían las maestras. —No dejen de repasar con ellos, ya hicimos una lista de reproducción para que puedan estimular el lenguaje en casa—: Avisaron una tarde por el grupo de WhatsApp.
Éramos un grupo de padres y niños comprometidos, y en su mayoría, privilegiados; trabajando en casa, estudiando en línea y viviendo aparte de los familiares que eran grupos considerados “de riesgo”. En contraste, escuchaba a la vecina gritando con desespero a su hijo: ya no sabía por quién sentir más pena, si por él o por ella que tampoco aceptaba mi ayuda. Poco podía hacer, de por si la comunicación con mis vecinos era escasa, ahora en esas condiciones tenía poca oportunidad de ofrecer un saludo cordial.
Evidencia digital.
Así paso el ciclo escolar, entre fotos, videos, audios, películas y canciones los niños tuvieron que conformarse con ese mundo entre unas cuantas paredes. Para ellos eso era normal; salir lo estrictamente necesario, tener media cara tapada, cargar con un botecito de alcohol en gel para todos lados, tener las manitas resecas de tanto lavado, la distancia de mínimo un metro de humano a humano, no poder hablarle a otros niños en el parque, que los abuelos fueran, (quizá en algunos casos), lo más cercano a una inteligencia artificial ajena y desconocida. Estábamos enseñándoles a sobrevivir en un mundo que nos pintaban casi apocalíptico. Básicamente, veían a la humanidad existir como seres verticales. Sin tribu (o una muy pequeña), sin comunidad y procurando a unos pocos. Cualquier salida, era un ritual y cualquier persona podía ser una amenaza.
También hubo ventajas, no las voy a negar. Cualquier cosa, de burócrata responsable, tenía la oportunidad de hacerse en línea en algún portal improvisado y de interfaz amigable. Servicios a domicilio, sin gastar en transporte y para algunos —como en mi caso, afortunadamente—: nada de interacción innecesaria con la sociedad. Queda claro que mi postura era privilegiada y quizá, hasta ventajosa. Mientras tanto cuando Rigel dormía y la comida se terminaba de cocinar, me ponía a hacer carpetas con sus “evidencias”; archivos que ahora mismo quizá no tendría si no hubiera sido por la pandemia. Algo que agradezco, pues no tendría la fotografía borrosa de su primera maqueta de la selva. Normalmente no soy esa persona que toma fotografías en momentos especiales.
La nueva normalidad.
El tiempo pasó, las vacunas se anunciaron, las medidas de prevención se aligeraron, la gente comenzó a tener más seguridad para interactuar unos con otros. El peligro todavía era latente, ahora no sólo por los abundantes enfermos, sino por las pésimas condiciones del sistema de salud en este bonito país, México: dónde caer enfermo y sumar a la estadística es eso, convertirse en una cifra que después quisieron esconder. Vacunados, pero aún en números rojos.
Nuestra burbuja.
El día que aterricé en la realidad, fue el día que fuimos al parque y Rigel emocionado me preguntó si podía enseñarle sus burbujas nuevas a su nuevo amigo. Le dije que sí pero no podía quitarse el cubrebocas. Le propuse que podían tomar las burbujas, correr o dar vueltas con los bracitos estirados y dejar que el viento hiciera lo suyo. Claro está que todavía no había tanto descaro para tener a un par de mocosos (sí, mocosos, porque había muchos mocos involucrados) sin distancia, sin protección sobre la carita y soplando casi cara a cara.
No supe cómo sentirme en ese momento, me sentí tan autoritaria que yo misma me asqueé. Siguieron jugando sin complicaciones y a la noche, sacudieron las manitas en señal de despedida.
De regreso a la casa, siempre le reforzaba a Rigel porqué hacíamos lo que hacíamos. Sentía que tenía que excusarme por toda la niñez, que bajo mis premisas, yo misma le estaba privando. Guardándolo en una burbuja.
En algún momento entre tantos como ese, se me partió el corazón de ver su cabeza moviéndose de arriba hacia abajo, con la mitad de la cara tapada por tres capas con dibujitos de dinosaurios, las cejas caídas y su mirada casi resignada diciéndome con tropiezo:
—Sí mami, no voyi allá—: señalando con su dedito un grupo de niños, que seguramente eran hermanos, primos o simplemente más valientes.
Lo que el COVID se llevó.
Para ese entonces, mi visión esperanzadora estaba casi por los suelos, no sabía cuando iba a terminar esa situación ¡uy cuánto faltaba para eso! Yo, que siempre estuve segura de no querer traer al mundo a nadie más, a raíz de comentarios de mi pareja me cuestioné si iba a ser necesario darle un compañero a mi hijo; crecer como hijo único es, a veces, melancolía las 24 horas y, aunque tus padres estén emocionalmente presentes, hablar con alguien que te lleva dos décadas o más, no es lo mismo que compartir la vida con alguien que tiene la misma inmadurez y simpleza de pensamiento que tú. Lo decliné casi enseguida, me sentí egoísta. Siempre quise ser madre, pero nunca me vi con más de un niño esperando la comida en la mesa.
Lo que había iniciado como un agradable descanso de convivir en sociedad, trabajo en casa, no lidiar con el dramático transporte y un exceso de comodidades, se fue difuminando hasta llegar a un tono desagradable de aislamiento y soledad.
Los pronósticos.
A la edad de Rigel yo ya tenía a mis amigos para bailar canciones infantiles, abrazaba a la maestra, chupaba paletas ajenas y tomaba del mismo vaso con alguien más en el comedor, iba al parque e intercambiaba nombres con otros de mi edad, platicaba con quién quería, respiraba aire fresco, soplaba mis propias burbujas. Incluso eran mis padres los que insistían en mandarme a jugar con el grupito de niños del parque o a cursos extraescolares a fin de hacer más “amigos”. Y yo, yo solamente sentía que la oportunidad de disfrutar la niñez de mi hijo se me escapaba entre las manos, arrancando hojas del calendario y viendo pasar, una y otra vez evaluaciones basadas en fotos de cuadernos y videos editados por mí, a media noche.
Cuando volvieron a la escuela, los niños se acercaban dudosos los unos a los otros, casi no se tocaban, no hablaban mucho entre ellos (sin mencionar los rezagos de lenguaje consecuentes). La mayoría de niños interactuaba viendo directo a los ojos, descifraban las cejas con destreza, tomaban fotos, grababan videos, algunos dominaban un celular con destreza. Algunos habían desarrollado un especial afecto a los animales domésticos. Todos los que convivían de cerca con nosotros habían desarrollado sin duda, un apego tremendamente ansioso con sus cuidadores. Hubo llanto y más mocos, desbordes emocionales (de los niños también), los botes de agua eran cuidados con recelo y todos limpiaban enérgicamente sus lugares.
En la bitácora, escribían hasta el número de estornudos de cada alumno, por poco le ponían la hora. Muchas veces, por la alergia estacional, tuvimos que ir por los niños a media jornada porque «tenían congestión», nada grave pero era demasiado riesgo. Así, algunos niños también conocieron el trabajo de sus padres, sentados en medio del caos en una oficina o negocio de cualquier giro, al inicio emocionante y al final exasperante.
Al poco tiempo de las salidas frecuentes a espacios públicos, me di cuenta que esos “no, no puedes” habían desembocado en un genuino desinterés de mi criatura por socializar con los de su edad, aspecto que claramente se abordó temprano. Se había acostumbrado a convivir con puros adultos puesto que no tenía hermanos ni tampoco primos de su edad, y sus vínculos cercanos con niños pequeños fueron con desconocidos. Hablaba de usted a todo el mundo, le costaba compartir materiales y atención, salir sin cubrebocas o verlo mal colocado, le causaba una angustia desmedida. Por unos meses tuvo un tic nervioso que le hacía apretarse el tabique desnudo de la nariz. Si íbamos al parque, jugaba solo, si llegaba alguien más, nos pedía alejarnos, si no se lavaba las manos, cada ciertas horas, se ponía irritable. Acciones cómicas y otras muy duras de digerir. Siendo un niño de ya casi 3 años lavaba e hidrataba sus manos con pericia, como ningún cocinero que conozco lo hace.
Sintomatología.
Como el papá de Rigel y yo, habíamos tocado juiciosamente, el tema de su aislamiento, decidimos llevarlo a más parques, lo inscribimos a uno que otro taller. Espacios en los que también salieron a relucir sus síntomas de hijo único, en ese momento aún era confuso identificar qué padecía por la pandemia y qué rasgos eran propios de su temperamento y personalidad. A las semanas, como esperábamos, ya convivía mejor, él siempre ha tenido cierto “ángel” como dice la familia.
De lo académico nos preocupamos poco. Honestamente, es algo que a mérito del chiquillo, sólo con la guía de un docente y refuerzo en casa lleva bastante bien y con soltura. En esa escuela, al ser de grupos reducidos no había mayores complicaciones.
Había de dos sopas: los que se habían vuelto pequeños hipocondríacos y los que todavía no pronunciaban bien la erre y no distinguían el azul del verde. Para desgracia (o no) Rigel, era de los primeros, cosa que por supuesto era totalmente circunstancial y no era nada irreparable. A los que se dejaron, les enjaretaron cursos, talleres y terapias.
El Enero siguiente.
Retomamos las interacciones sociales y familiares. Conoció mucha familia y amigos que para entonces eran completamente extraños para él.
Llegó el cumpleaños de Rigel y por fin, supo lo que era tener una fiesta para celebrar otros 365 días de puro aprender y hacer preguntas. Y yo, supe lo que era preparar una fiesta infantil, adornamos con globos, encargamos un pastel, le preparé la comida favorita del momento, dejé la casa lista para recibir a la familia. Ese día el cumpleañero fue el último que probó bocado porque estaba ocupado atendiendo sus nuevos juguetes. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de todo lo que el confinamiento nos había quitado. Para mi fortuna, no representaba nada que no pudiera recuperar.
Hoy, (un abril) y 5 años después, sé que fui más que privilegiada, una mujer con suerte, mucha suerte. No perdí ningún familiar a raíz del virus. Pude gestionar tener trabajo todos esos meses, igual que mi pareja. Nadie me despidió ni me recortó el sueldo. No tuve que mudarme y dejar a mi familia. No corrí ningún tipo de riesgo a la salud directamente por la pandemia, no conseguí tanques de oxígeno a precios exorbitantes ni tuve que echar miradas suplicantes al cielo rogando por una cama en un hospital.
La normalidad de verdad.
La verdadera catarsis llegó cuándo yo también tuve que salir de mi ratonera y enseñarle a mi hijo a vivir de verdad, cosa que aún estoy aprendiendo. Desde que supe que sería madre he leído minuciosamente libros sobre embarazo, maternidad, lactancia, crianza (de muchos tipos), estimulación temprana, la ciencia detrás del desarrollo neuronal de los bebés, el desarrollo semana a semana y ni eso me hace sentir lista para todos sus porqués.
En la mañana mientras pensaba como terminar este escrito valoré el cómo su padre y yo, sin duda, hemos hecho un buen trabajo. Lo sé porque si yo fuera niña, me gustaría ser amiga de un niño como él.
Medité como esos seres pequeñitos manejaron con una prodigiosa resiliencia el arrebato a su primera infancia, casi un despojo.
Le pregunté a Rigel si recordaba algo de ese entonces y me contestó con varios detalles que yo misma olvidé o borré de mi memoria. Después de intentar hacer memoria, ver unas cuantas carpetas de archivos, muchas preguntas y poco que llorar; le preparé la comida para la escuela, la botella de agua, acomodamos la mochila, desayunamos juntos mientras escuchamos un análisis de una película infantil que aún no hemos visto y nos fuimos los dos a la intemperie, sin nada que nos cubra la boca ni la nariz, sin una botellita de gel antibacterial ni desinfectante. Al mundo exterior donde ambos podemos convivir con otros como nosotros y ser testigos de otras vidas. A vivir la vida de verdad.
Abril 2025.
*Sexteto de crónicas reúne textos del curso “Invitación a la crónica” coordinado por el escritor Abelardo Gómez Sánchez en la Biblioteca Andrés Henestrosa.
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