marzo 3, 2026

Oaxaca-8

Una ventana al mundo

Nuevo Mundo Contemporáneo.

Tiempo de lectura:11 Minutos

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Sexteto de crónicas*

(Cuarta entrega)

Nuevo Mundo Contemporáneo.

(Descubriendo Sentimientos).

Iris López

Muchas personas están obligadas a abandonar el lugar donde nacieron. Se ven obligadas por las circunstancias a migrar, no necesariamente a miles de kilómetros de distancia, puede ser de una zona rural a una zona urbana separada por un par de montañas. Ese cambio de ambiente es vivido, experimentado, recordado de muchas formas distintas dependiendo de factores como la edad en la que se abandona, en qué tiempo de la historia estés ubicado, los recuerdos y que tan arraigado está, en los sentimientos, el lugar del que te estás alejando. La vida puede dar giros muy inesperados en la cotidianidad. Según los datos del inegi, entre 2015 y 2020 salieron de Oaxaca 133,583 personas para radicar en otra entidad (Movimientos Migratorios, n.d.). ¿Qué sucede con los que no salen del estado, pero salen de sus comunidades? Cuando vives en una zona rural, alejada 2 horas de una urbanización, a una corta edad y, sobre todo, en un tiempo en el que la comunicación sigue siendo la radio y la televisión abierta. A pesar de ya existir nuevas formas de comunicación, el acceso a ellas es limitado viviendo en una comunidad, por lo que no puedes imaginar lo que es empacar en una pequeña maleta esas cortas, pero únicas, vivencias que has disfrutado en la comodidad de los campos.

El aroma de las flores, el canto de las aves, el olor de las maderas quemándose para preparar los alimentos, el agua fresca corriente de las montañas, la frialdad tan acogedora de las mañanas y el extenso terreno para explorar y aprender cada día algo nuevo son cosas que por mucho tiempo anhelé volver a sentir. Son recuerdos que sólo existen en la memoria. En el 2010, a la edad de 4 años, las circunstancias obligaron a mi familia a migrar de una comunidad perteneciente al municipio de Nacaltepec, Cuicatlán, Oaxaca a la gran ciudad de Oaxaca de Juárez. El cambio tan repentino se debió a una necesidad de carácter “educativo”, el preescolar de la comunidad estaba a punto de cerrar sus puertas por tiempo indefinido debido a la inasistencia de los alumnos, era pertinente buscar otro lugar al cuál asistir.

La llegada a la ciudad de una persona tan pequeña, aunque parezca no afectar nada, genera un choque de culturas entre las costumbres rurales y urbanas. Es fácil aprender el movimiento de la ciudad siendo tan pequeño, pero eso no significa que te acostumbres o logres generar un sentimiento profundo a tu nueva normalidad.

Cuando me incorporé a mi nuevo ambiente escolar sentía un gran nudo en la garganta, el sentimiento es curioso porque de dónde venía no importaba que tan altos fueran los árboles o los animales, o que tan largos fueran los caminos nunca te sentías pequeño. En la ciudad me encontré con un mundo diferente, los grupos estaban conformados por más de 10 personas y cada una tenía una personalidad, materiales, juegos, lugares, etc, muy distintos a los que yo solía conocer.

En el proceso de migrar existen factores que en su momento no suelen ser una consideración, esa introducción tan acelerada a tantas personas que varían no sólo en personalidad, sino en “mundo”.

El nuevo mundo al que me enfrenté se veía diferenciado por algo muy importante: el factor económico. Todo, incluso la aceptación de los niños, cambiaba de acuerdo a cuánto dinero tenías. Una suposición que tengo, es que dicho cambio “económico” no sería tan evidente si mi entorno hubiese sido una institución pública; pues la variedad de niños y estatus sería tanta que las distinciones no representarían una búsqueda por “encajar” en estándares preestablecidos que, —de acuerdo con la mayoría de personas que me rodeaban en la escuela— de forma indirecta, me daban a entender.  La calidad de los juguetes, las zonas que conocías ya fueran plazas, lugares públicos dentro y fuera del estado, las películas estrenadas en cines, todo tenía un valor en la aceptación social. Mi proceso de adaptación a la ciudad fue muy lento porque cada fin de semana viajaba a mi “lugar seguro”, mi comunidad. Esa visita me hacía todo el tiempo querer regresar. No significa que no haya tenido momentos buenos en la ciudad, claro que los hay, pero siempre existe un sentimiento de nostalgia en los recuerdos.

La variable económica no es la única que impacta, la rutina también lo hace, los ruidos de los coches, la vida nocturna, incluso la misma televisión abierta que cambia gracias a una mejor recepción de señal, la comida rápida, el acceso a tantas cosas nuevas e incluso el consumismo, son algunas de los factores que se ven tan diferentes a las que con el paso del tiempo te acostumbras.

Ese cambio que existe en las vivencias, esa comparativa que algunos niños tienen como costumbre evidenciar va generando en mí, como persona diferente, un sentimiento de inferioridad. El ser excluída de los demás grupos y vagar por los pasillos de la escuela comienza a crear una costra gruesa de insensibilidad por lo diferente: aquello que no me dejaba mezclarme con el resto.

Cada “regreso” a mi pueblo significaba una tradición. Desde acompañar a mi abuela a recolectar los elementos necesarios para poner el altar de muertos, conseguir pan, carrizo y todo lo que implica el juntar flores, era lo que mantenía mi identidad viva. Regresar a ese lugar significaba una salida. Hacía que todo lo que pudo pasar en la escuela desapareciera, todo el resentimiento de haber nacido dónde nací que generaba en la escuela por la falta de tacto de los infantes se esfumaba instantáneamente apenas veía las montañas por la ventana del transporte. Este ir y venir se dio durante muchos años, años en los que poco a poco iba perdiendo lo que “yo” era.

Hay que tener en cuenta que la mayoría de personas que migran de su comunidad a la urbe citadina no lo hacen por privilegio, sino por necesidad. Esto significa que no llegarán a un lugar lleno de comodidades, inicialmente deberán conseguir un espacio dónde quedarse, independientemente de lo que tenían en su hogar, no es posible meter toda una casa en una maleta y armarla en cualquier sitio. Deben conseguir un trabajo, que muy probablemente implique una explotación laboral por razones simples: llegar con niños pequeños ya es motivo para no ser aceptado en cualquier trabajo, muchas veces el nivel de escolaridad escasamente llega a la secundaria, estos y muchos otros factores caen algunas veces en la desesperación, y las personas aceptan condiciones precarias laborales de las que se aferran (por lo menos en un inicio), porque son muy pocas las oportunidades que se les presentan, en su búsqueda por salir adelante.

Es bastante común encontrar en las comunidades rurales a personas con familiares que se han visto en la necesidad de migrar. La mayoría de familias no tienen una migración en línea recta, es decir, a pesar de ser diferentes hermanos, sobrinos, primos, hay quienes se encuentran en ciudades cercanas a su “tierra” y aquellos que se van a miles de kilómetros, a otros países en busca de un mejor bienestar para su familia.

Los roles en el sistema patriarcal fungen un papel bastante determinante en el trabajo: en qué trabajo terminará cada integrante de una familia. Normalmente son los padres los que llevan una carga física literal; al salir de una comunidad rural con experiencia en el campo, y sobre todo si su destino es Estados Unidos de América, llegarán a los terrenos de cultivo bajo condiciones climáticas extremas, sin mencionar su viaje previo seguramente ilegal de la mano de coyotes que, a pesar de trabajar para el cuidado de un rebaño, no dudarán de alimentarse del mismo para sus propios beneficios.

Rebobinando un poco en mi historia familiar: mi padre es un migrante internacional (de aquellos que salieron de su país) durante varias épocas conoció los estados colindantes de Estados Unidos con México, sobre todo los productores de fresas, aguacate, mandarina, lo que sea que la temporada demandara, pero sobre todo, donde cada segundo bajo el sol valiera por lo menos unas monedas.

Luego de enterarse del embarazo de mi madre, mi padre se aventuró nuevamente a la mortalidad del desierto, atravesó durante días, tal vez semanas aquellas llamas abrasadoras del desierto y la frialdad natural de la noche. Trabajó en las oportunidades que se le fueron presentando, pero al cabo de unos meses volvió para conocerme y decidió quedarse hasta que cumplí los tres años.

La crueldad de las condiciones marca a las personas; en mi caso me enseñó algo que quizás muchos padecen, un abandono voluntario pero necesario. Con el corazón en la mano, según los relatos  de  mi padre, se despidió de su princesa, no tuvo el valor para verla a la cara, quizás pensó que un ser tan nuevo en el mundo no sería capaz de entender porque las personas se separan; así que por última vez, con palabras de consuelo que se transmiten por telepatía vería a su hija sentada sola en el patio del kínder: porque siempre ha demostrado ser una persona un poco antisocial, vería por última vez a ese pequeño humano que no tiene expectativas de nada en la vida, aquel que aunque no lo vio nacer, conoce como la palma de su mano. El amor es extraño, a mi madre y a mí nos dejaron por ¿amor?, no lo entendí, no me importó cuándo llegó ni a dónde se fue, mi corazón se rompió porque el hombre que me cuidó, me protegió, vio mis primeros pasos, aquel que se volvió mi adoración me abandonó sin decirme ni una sola palabra. La memoria funciona de esa manera, olvida permanentemente lo que hace que tu corazón se apachurre, o por el contrario, te marca hasta lo más profundo de tu alma.

Mi más grande consuelo se volvieron mi madre y mi abuela, con el tiempo fui reconstruyendo mi corazón roto y los recuerdos de mi padre volvieron a mí, afortunadamente mi madre siempre me recordó quien era mi padre, que se fue porque me amaba, que fue la mejor opción que tuvo para darme lo mejor.

Cuando las familias se separan es importante considerar los sentimientos de cada integrante, sin importar la edad, cada humano tiene la capacidad de entender y analizar el entorno. Los niños son como una esponja que absorbe conocimiento de todo: actitudes, emociones, hábitos, lo que sea, son capaces de entender siempre y cuando se les considere como a una persona y no como una pertenencia. Es decir, cualquier decisión que se tome sobre la vida de un individuo que no tiene autonomía sobre su persona, debe considerar los sentimientos del mismo, se le debe informar sobre la situación con tacto y paciencia.

Todas y cada una de mis preocupaciones vivieron y vivirán en más de una persona. Depende de qué tan dispuesto estés en aprender a vivir  tus etapas y comprender que no puedes controlar todo, es cómo verás el mundo.

En los niños son claros los roles familiares, y como se mencionó anteriormente, son capaces de comprender el entorno aún de forma errónea, si no se les explica adecuadamente pueden buscar “madurar” aceleradamente y eso puede generar complicaciones en el desarrollo o incluso presentar enfermedades como la depresión o la ansiedad.

  Mi comunidad representó mi lugar seguro durante mucho tiempo porque fue dónde nací, fue dónde viví los momentos más felices con mi padre, fue donde mi madre no tenía tantas preocupaciones y podía pasar más tiempo conmigo, dónde todos los días veía a mi abuela que me cocinaba platillos deliciosos con el sabor tan característico de las brasas, donde las montañas me hablaban, donde el aire me abrazaba y recordaba quién soy.

Hoy, en el 2025 estoy más familiarizadacon loque sucede en la ciudad, tengo a mi familia en un mismo lugar, la frecuencia con la que iba a mi pueblo dejó de ser tan constante, poco a poco mi identidad se fue reestructurando por diferentes razones: la misma rutina, la velocidad con la que se mueve la ciudad, las prioridades que cambian con el tiempo y el costo económico de la preparación de las tradiciones familiares. El corazón es un músculo, pero su esencia es capaz de fragmentarse, reestructurarse y reconstruirse una y otra vez. Los cambios son necesarios, es una característica humana, pero el anhelo y la nostalgia son sentimientos que pocas personas viven con tanta intensidad.

Todo proceso es diferente, el cambio de ambientes es algo que se da en todas partes, en algunas más que en otras, pero la gran mayoría va ligada a las circunstancias, las nuevas oportunidades y la esperanza de un nuevo comienzo.

*Sexteto de crónicas reúne textos del curso-taller “Invitación a la crónica” coordinado por el escritor Abelardo Gómez Sánchez en la Biblioteca Andrés Henestrosa.