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Sexteto de crónicas*
(Segunda entrega).
Gloria Sandoval Serra
Todo lo que pasa en un día.
Desde la mirada de una estudiante de gastronomía.
La tarde anterior, del día lunes 11 de noviembre, me disponía a remojar una cantidad significante de garbanzos, para dejarlos reposar durante cinco horas, con el fin de acelerar su futura cocción y facilitar su digestión; al cabo de ese tiempo, los garbanzos ahora enjuagados hirvieron durante 40 minutos, los escurrí, reservé el agua que para ese momento se convirtió en aquafaba (agua en la que semillas de leguminosas han sido cocidas) y la dejé enfriando toda la noche en el refrigerador.
Son las 7 en punto de la mañana siguiente, me despertaba con la tranquilidad de tener mi aquafaba aguardando en el refrigerador. Estaba por ser un día importante: la presentación de un trabajo final en la escuela: que consistía en una evaluación sensorial, en la cual, cierto número de evaluadores ajenos a la carrera, y sin conocimientos previos, prueban un producto para evaluarlo y dejar su sincera opinión, en un análisis tipo ¨prueba del consumidor¨. La práctica constaba en elaborar un pastelito de vainilla adicionado con harina de amaranto y relleno de un betún a base de aquafaba para sustituir el huevo.
A las 8 de la mañana, me había bañado, y ordenado mi equipaje con todo lo necesario: uniforme limpio y planchado, trapos de cocina, cuchillo bien afilado, ingredientes varios y por su puesto el sustituto de huevo depositado en un vaso térmico. Después de eso, tomaba como todos los días, una taza de café con leche y elegí huevos revueltos con una quesadilla para almorzar. Terminando el desayuno y habiendo dado las 9:30 de la mañana (tiempo suficiente para llegar a las 11 de la mañana sin presiones a la escuela), salí de mi casa, dispuesta a caminar durante 15 minutos o con suerte encontrar un taxi en el camino, sucedió de esa manera, así que decidí bajarme en la primera parada de autobuses y el camión iba prácticamente vacío (suerte de madrugador). Como de costumbre, había elegido un asiento de lado al pasillo y colocado mis bolsas en el asiento de a lado; de pronto recibía la llamada de una amiga y compañera de salón:
—¡Hola! ¿qué pasó, ya vas para la escuela?
—Si, ya tomé el bus, todo bien.
—¿Llevas el aquafaba, ¿verdad?
—¡Claro! Lo dejé preparado desde anoche, de hecho, lo traigo en un…
De pronto y sin razón aparente, el conductor del autobús frenó en seco y, sin vuelta atrás, las personas de los asientos de a lado se hicieron hacia adelante por el repentino movimiento y yo también. De mi asiento escurría un líquido amarillento y frío que no tardó ni 10 segundos para regarse por todo el pasillo del camión. Solo podía pensar: ¡Carajo!
—Sabes que, nos quedamos sin aquafaba, se acaba de regar. Te marco después.
Sentía que todos se me quedaban viendo, y que el agua escurriendo avanzaba más rápido a la puerta que la velocidad a la que íbamos. Decidí mantener la calma, saqué un par de servilletas de papel y limpié el asiento, casi inmediatamente ingresaba al autobús una señorita que, entre tantos lugares vacíos (casi como si lo hubiera pedido), elige el que acababa de ensuciar y que había limpiado un poco.
—¿Me das permiso?
—Claro—- Repuse de inmediato— sólo que está un poco mojado, no sé si…
—Sí, no te preocupes.
Decidió sentarse y antes de lograr encajar en el asiento me dijo, tienes razón, está mojado; así que le compartí una servilleta y terminé siendo la persona amable en su día. La culpa me visitaba, ¿Cuántas veces me habían tocado asientos mojados o sucios y no precisamente de aquafaba, o si?
Eran las 10:40, había llegado a la universidad y todavía tenía un problema que resolver. Entré a un mini super y busqué directamente el pasillo de procesados, quería con todas mis ganas encontrar garbanzos enlatados, y así fue. Me aseguraba que no fueran garbanzos sin agua y leyendo la etiqueta, encuentro que además de agua, traían también una serie infinita de conservadores artificiales, incluyendo el TBHQ, un aditivo que actúa como agente antioxidante en los alimentos y también como impulsor de enfermedades. ¿Qué ha sucedido con la industria alimentaria?
Hacía días que en la escuela estudiábamos los aditivos que usa la industria alimentaria para modificar el sabor, color, consistencia, etc., de los alimentos, así que para mí, cada ida a una tienda se convertía en revisar las etiquetas posteriores de los alimentos y preguntarme sobre la cuestionable calidad de esos insumos.
Habían dado las 11 de la mañana y me encontraba en la cocina de la escuela, cambiada y esperando al resto de mi equipo que venía con un retraso de 20 minutos ocasionado, por el liante tráfico de la ciudad, como de costumbre. Lo primero que debíamos elaborar era el merengue; un merengue con aquafaba natural tarda aproximadamente 25 minutos en tomar estructura, el merengue que ese día elaboré, tardó solamente 5 minutos, picos firmes, consistencia envidiable y tiempo ideal. No podía dejar de pensar en que esa hermosa consistencia no era gracias a mis tantas horas que invertí en la activación de los garbanzos. Finalmente, el resto de mi equipo llegó a la cocina y terminamos de preparar nuestras pruebas: unos pastelitos de vainilla rellenos de merengue de garbanzo y chocolate blanco de no más de 30 gr. cada uno, y poco menos esponjosos que cualquier pastelillo comercial en su tipo. Los participantes decidieron que el bizcocho tenía un sabor agradable y textura grata, sin embargo, la cantidad de relleno les pareció insuficiente.
Nos disponíamos a limpiar la cocina, después de jugar a ser evaluadores, ahora volvíamos a la realidad. Barrer, trapear, limpiar estaciones, lavar, secar y tallar trastes, todo esto dentro de las 4 horas estipuladas para la clase. Todavía recuerdo cuando esas cuatro horas empezaban a las 4 de la tarde y terminaban, según el horario, a las 8 de la noche, pero las 8 se convertían en las 9 o 9:30. Salíamos con las dos manos ocupadas, en cada mano una bolsa pesada de insumos y utensilios, la espalda cansada y el estómago vacío. La parada de camiones ya casi abandonada, la ruta de autobús que me llevaba a casa, escasa, a veces no pasaba más. En cierta ocasión caminábamos mis compañeras y yo, en busca de un taxi libre, seguras de nada y con la esperanza de llegar sanas a casa. Ahora hay un servicio de transporte más seguro que el resto, promete horarios que se extienden a la madrugada y ofrece unidades limpias, lástima que la ruta hacia Ciudad Universitaria, aún no es una prioridad. Viajar en camiones, sigue siendo un albur.
Regresé a casa, guardé una prueba de pastelito para mi mamá y quería con ansias ver su reacción, ¡claro que le gusto! ¿acaso algo de lo que preparo no le gusta a mamá? (aparte de ponerle clavo a los postres, hierba santa a los helados, demasiado comino a los moles, o poner en una esfera un chochoyote) por supuesto que no, todo le gusta. Desempaqué mi mochila, lavé mi uniforme y probé bocado.
Casi las 7:30 de la mañana del 12 de noviembre, me despierto y a duras penas me levanto de la cama, se siente tan propia y acogedora. No quiero volver a pararme durante una hora en un camión repleto de gente que no pide permiso para pasar, y no coloca sus mochilas al frente para evitar obstruir el paso de los demás. No, no quiero que una señora me empuje para ganarme lugar en el taxi, no quiero llegar a un asiento sucio. Pero todos los días son una nueva oportunidad, quien sabe, a lo mejor el pan sin gluten que prepararé haga que todo valga la pena.
*Sexteto de crónicas reúne textos del curso-taller “Invitación a la crónica” coordinado por el escritor Abelardo Gómez Sánchez en la Biblioteca Andrés Henestrosa.
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