marzo 3, 2026

Oaxaca-8

Una ventana al mundo

Una noche entre el orden y el caos.

Tiempo de lectura:6 Minutos

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Sexteto de crónicas*

(Primera entrega).

Entropía

Una noche entre el orden y el caos.

Adriana Chávez Servín

Soñé. Hoy parece que no es suficiente para comprender esta falta constante en la vida. Pero a veces, en noches como ésta, —en las que mi mente se envuelve en una lucha entre mi orden y mi caos—, descubro que la vida sucede: un montón de posibilidades, y entre un mar de ellas, sigo eligiendo vivir, y existir, y cuestionar, y ser.

Me encuentro en mi habitación: cuatro paredes pintadas en tonos que no me gustan, viendo una ventana que no da hacia ningún lado. Si corro la cortina, veo una cocina que se nota improvisada —tampoco está tan mal…—. También en el cuarto, un espejo gigante en donde me miro regularmente y algunas veces me hablo: bien o mal.  Estoy esperando a que se haga más tarde para dormir. Salgo para subir a la terraza buscando un respiro.  Arriba, tomo una silla y descanso sobre ella, mientras observo cómo el sol se esconde tras esos cerros. Prendo un cigarro, y miro mi teléfono esperando encontrar algo que me distraiga de esta sensación constante de no sé qué.

No se puede, llega Andrea a mi mente —una niña de mi ambiente Montessori—, la recuerdo pronunciando tres palabras, en medio del cuchicheo con otras niñas durante el desayuno: la escuché decir “no soy bonita”. En ese momento, lo único que pude decirle fue “a mí me pareces muy linda¨. No tuve astucia para responder algo mejor, algo que se corresponda con lo que pienso; y no es que ella no sea linda, el problema es que crea que debe serlo y que sienta que no lo es. Sus palabras habían envuelto mi cabeza durante todo el día y, ahora de tarde, me encuentro preguntándome por qué las escucho tan alto. Trato de pensar en cuál hubiese sido una mejor respuesta. Mientras, le doy vueltas en mi cabeza, el sol ya se fue y el aire de la noche comienza a molestarme, acomodo la silla y bajo de nuevo a mi habitación. Mi mente sigue ahí, pensando. Tengo la sensación de no haberle ofrecido suficiente. Me tiro en la cama y tomo el celular, no quiero darle más vueltas. Abro la aplicación del banco, hago mis cuentas y organizo el dinero que me resta después de haber pagado la renta. Quiero llegar dignamente a la quincena, si es que se puede. Suena mi teléfono, es mi madre:

—-Hola mi preciosis, ¿Cómo estás?

 —-Bien ma, ¿y tú? respondo.

 —-Bien, vengo regresando de Coyoacán.

—¿Tuviste paciente? pregunto. Responde con un sí y comienza a contarme sobre su día. La interrumpo.

—Ma, estoy cansada, ¿rezamos? “Bendito Dios misericordioso, te doy gracias en esta noche por todas las bendiciones recibidas en el día y te pido señor, que calmes la inquietud de mi alma, de mi espíritu y mi mente y que alivies el dolor de mi corazón. Que aprenda a dimensionar y a encontrar el equilibrio en mis acciones y que los pensamientos que me perturban, pueda ofrecerlos a ti padre celestial […]”

Apresuro la oración que hizo para mí y que desde hace tiempo se ha convertido en mi forma de compartir con ella. Sin mucha fe en Dios de mi parte me despido.  Siento un poco de culpa por apresurar la llamada. Me preparo para dormir, apago la luz, pongo mi cabeza sobre la almohada y cierro los ojos. Pasan varios minutos, se vuelven horas y no consigo dormir. La voz en mi cabeza sigue organizando la quincena. Noto mi quijada tensa, y el peso de mi cabeza sobre mi brazo bajo la almohada.

—Alexa, ¿qué hora es? -Pregunto al aire- me responde una pequeña bocina—:

—Son las dos y cuarenta y ocho de la mañana.

Hago cuentas de cuanto voy a dormir.  Siento mi corazón ir de prisa y mi respiración ir tras él. No puedo dormir, me desespero y prendo la luz. No sé qué hacer. Tomo unas notitas de colores que dejé hace algún tiempo botadas en mi buró; en ellos había copiado textualmente: Soñar no es sólo un acto político necesario, sino también una connotación de la forma histórico- social de estar siendo mujeres y hombres (Paulo Freire, Pedagogía de La esperanza, p.15). Hay algo en la frase que me gusta y aunque no consigo entenderla del todo me provoca. Vuelven las palabras de Andrea y la voz en mi cabeza. Puedo sentir cómo estas me atraviesan, me agitan…me enojan. Pienso en por qué una niña de 6 años estaría pensándose fea, ¿por qué también ella?

Aquí estoy, en medio de la madrugada dándole vueltas a esto que me toma. Entre tantas ideas distingo un “si tan solo …”, hace mucho ruido y no sé a dónde se dirige… ¡¿Si tan solo qué?!; grita la voz dentro de mí y me pregunto: ¿qué podría hacer yo para que Andrea no se mirara así, si durante toda mi vida he sentido el arrase de los discursos relacionados con cómo debería ser mi cuerpo? Yo que en ese espejo gigante me miro regularmente y algunas veces me hablo bien o mal. En lo profundo de mi mente escuchó un “detente” que cobra fuerza, que surge desde el reconocimiento que he luchado por construir hacia mí, deconstruyendo parte de esas voces externas que muchas veces me nublaron. Hoy entiendo que en el ser humano no hay nada natural, y que somos lo que nos dio y nos permitió el ambiente en donde crecimos y nos construimos como mujeres y hombres. ¿Cómo le explico a esa pequeña que hay todo un sistema que se sirve de hacer que —en especial las mujeres—, nos sintamos mal con nosotras mismas y con nuestros cuerpos? Con cada pregunta, voy sintiendo como mi cuerpo arde; estoy siendo testigo de cómo, a pesar de la distancia de los años, la experiencia continúa.  Entiendo que sus palabras me toman porque yo también fui esa niña que hicieron sentir fea, que después fue adolescente y adulta, herida por ser atravesada por discursos violentos sobre cómo debería verse. Pienso en las veces que fingí risas cuando alguien “bromeaba” mientras ofendía mi cuerpo, pienso en las veces que construí relaciones que me dañaron porque no me sentía merecedora de amor por la idea de quedar a deber belleza. Pienso en cómo sería mi vida hoy, si no hubiera estado tan preocupada antes contando cada cosa que comía y sintiendo culpa por hacerlo. Pienso en las cosas que deje de hacer, en las cosas que no me atreví a hacer y en las cosas que no desarrolle.

Esta noche, aquí en estas cuatro paredes pintadas en tonos que no me gustan, me pregunto qué sería de mí, si no hubiera tenido en mi cabeza tanto ruido diciéndome que mi cuerpo estaba mal, y que yo estaba mal por eso. La idea de hablarle de amor propio a Andrea hoy siento que no me alcanza: y no me alcanza a mí ni a nadie porque bajo ese discurso se diluye una realidad en donde operan múltiples sistemas de opresión y discriminación como lo son el machismo, el culto a la blanquitud, la gordofobia, entre muchos otros. La alarma suena. Es hora levantarme para ir a trabajar, me cuesta trabajo salir de la cama, no he dormido esta noche. Me doy un baño, me visto con lo primero que encuentro y salgo para el trabajo. Camino, elijo una canción y me pongo los audífonos. De día todo me parece mejor. Me río recordando la noche. Sonrío porque me doy cuenta de que sí continúa el sueño en mí, el sueño de la construcción de una realidad más digna para todas y todos. El sueño continúa siendo una mujer adulta, desvelada por tratar de encontrar una mejor respuesta para acompañar desde una forma digna la educación de una niña. 

*Sexteto de crónicas reúne textos del curso “Invitación a la crónica” coordinado por el escritor Abelardo Gómez Sánchez en la Biblioteca Andrés Henestrosa.